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La obra misional: Una nueva manera de trabajar en la era digital

Invitar a todos a venir a Cristo

Este hombre joven es un magnifico ejemplo de la influencia que podemos tener en la vida de otros si compartimos el Evangelio, realmente un testimonio muy edificante.

Matrimonios misioneros: Una época para servir

Élder Robert D. Hales

Del Quórum de los Doce Apóstoles
“Es apropiado para un matrimonio maduro o para una hermana mayor indicar a sus líderes del sacerdocio que están dispuestos a servir en una misión y que están en condiciones de hacerlo. Les insto a que lo hagan”.
Siento la profunda responsabilidad de hablarles hoy sobre una seria necesidad que existe en la Iglesia. Mi mayor esperanza es que a medida que hable, el Espíritu Santo conmueva los corazones y en alguna parte uno o dos cónyuges miren a su compañero o compañera y surja el momento de la verdad. Hablaré de la urgente necesidad de que más matrimonios maduros presten servicio en el campo misional. Deseamos expresar nuestro agradecimiento por todos los matrimonios valientes que sirven en la actualidad, por los que han servido y por los que aún servirán.
En la sección 93 de Doctrina y Convenios el Señor reprende a las Autoridades Generales presidentes de la Iglesia diciendo: “. . .yo os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad.
“Y ahora te doy un mandamiento: Si quieres verte libre, has de poner tu propia casa en orden” (D. y C. 93:40, 43).
¿Cuál es la mejor forma de enseñar a nuestros hijos, y a nuestros nietos, luz y verdad? ¿Cuál es la forma más importante de poner en orden a nuestra familia, tanto a la inmediata como a la extensa? ¿Es posible que en asuntos espirituales nuestro ejemplo hable más fuerte que nuestras palabras? El matrimonio en el templo, la oración familiar, el estudio de las Escrituras y la noche de hogar para la familia son de vital importancia. Pero existe otra dimensión: la dimensión del servicio. Si estamos dispuestos a dejar a nuestros seres queridos para servir en el campo misional, los bendeciremos con un legado que les enseñará e inspirará durante generaciones.
Para mí es significativo el que, después de mandar a las Autoridades Generales a que enseñaran luz y verdad a sus hijos y pusieran en orden a sus familias, de inmediato el Señor los llamó a prestar servicio misional. “Ahora os digo, mis amigos, emprenda su viaje con rapidez mi siervo Sidney Rigdon, y también proclame. . . el evangelio de salvación. . .” (D. y C. 93:51).

Cómo crear un hogar en el que se comparta el Evangelio

Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Tener un hogar en el que se comparte el Evangelio es la manera más fácil y eficaz de darlo a conocer.
Queridos hermanos y hermanas, hace sólo unas semanas me operaron para sustituirme ambas rodillas. Así es que decir que siento gratitud por encontrarme aquí de pie ante ustedes no son palabras dichas a la ligera. El período de recuperación me ha hecho recordar lo bendecidos que somos por saber acerca de la Expiación del Señor Jesucristo. Me siento abrumado al pensar en el dolor y el sufrimiento que Él padeció por nosotros en Getsemaní y en la cruz. Cómo fue capaz de soportarlo escapa a mi capacidad de comprensión; pero le doy las gracias por ello, y lo amo más profundamente de lo que las palabras me permiten expresar.
También estoy agradecido al presidente Hinckley por haberme dado el privilegio de acompañarlo al lugar donde nació el profeta José Smith. Gracias a José Smith, se nos ha dado mucho. Si no fuera por la Restauración, no conoceríamos la verdadera naturaleza de Dios, nuestro Padre Celestial, ni nuestra naturaleza divina como hijos Suyos; no comprenderíamos la naturaleza eterna de nuestra existencia ni sabríamos que la familia puede estar junta para siempre.
Tampoco seríamos conscientes de que Dios continúa comunicándose con Sus profetas en la actualidad, a partir de aquella maravillosa Primera Visión en la que el Padre y el Hijo aparecieron al profeta José Smith. Ni albergaríamos la tranquilizadora certeza de que en la actualidad nos guía un profeta, el presidente Gordon B. Hinckley.
Sin la Restauración, probablemente aceptaríamos la idea de que la totalidad de la palabra de Dios se encuentra en la Biblia. Aunque ésta es un valioso y extraordinario volumen de Escrituras, no sabríamos del Libro de Mormón ni de otras Escrituras de los últimos días cuyas verdades eternas nos ayudan a acercarnos a nuestro Padre Celestial y al Salvador.
Sin la restauración, no tendríamos las bendiciones de las ordenanzas del sacerdocio que son válidas en esta vida y en la eternidad; desconoceríamos las condiciones del arrepentimiento y no entenderíamos la realidad de la Resurrección. No tendríamos la compañía constante del Espíritu Santo.
Cuando comprendemos plenamente la gran bendición que es para nosotros el Evangelio de Jesucristo, cuando aceptamos y abrazamos estas verdades eternas y les permitimos penetrar profundamente en nuestro corazón y alma, experimentamos “un poderoso cambio” en el corazón (Alma 5:14), y somos llenos de amor y gratitud. Como escribió el profeta Alma, sentimos deseos de “cantar la canción del amor que redime” (Alma 5:26) para todos los que quieran escucharla.
“¡Oh, si fuera yo un ángel”, dijo Alma, “y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!
“Sí, declararía yo a toda alma… el plan de redención: Que deben arrepentirse y venir a nuestro Dios, para que no haya más dolor sobre toda la superficie de la tierra” (Alma 29:1–2).
Eso mismo deberíamos sentir nosotros, hermanos y hermanas. Nuestro amor por el Señor y la gratitud que sentimos por la restauración del Evangelio son toda la motivación que precisamos para compartir lo que nos da tanto gozo y felicidad. Es lo más natural del mundo y, sin embargo, somos demasiados los que dudamos a la hora de expresar nuestro testimonio a otras personas.